23/04/2026

`Por Miguel Ángel Aguilar Quiroz

 

Xalapa, Ver.– En México, según cifras de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) publicadas en 2020, residen alrededor de 1.2 millones de extranjeros, lo que representa apenas el 0.93 por ciento de la población nacional. Ese mismo año, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) confirmó que 1.1 millones de personas no nacidas en territorio nacional viven en el país, muchas de ellas empleadas en el territorio gracias a la globalización y al auge del home office tras la pandemia de Covid-19.

De acuerdo con la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica (ENADID), al menos 35 por ciento de estos extranjeros, principalmente europeos y estadounidenses, llegan a México con planes de retiro o jubilación. Los destinos predilectos son San Miguel de Allende, Cholula, Guanajuato, Xico y otras ciudades con fuerte atractivo cultural. Para quienes aún trabajan, la posibilidad de laborar a distancia, con solo una computadora portátil y conexión estable a internet, abrió la puerta a vivir en México mientras mantienen ingresos en dólares o euros.

 

Este fenómeno ha impulsado la llamada gentrificación, término que en los últimos años pasó de ser un concepto académico a una “palabra común” en la conversación pública.

 

Un proceso sociohistórico.

 

“El término no debe reducirse a una moda cultural: la gentrificación es un fenómeno socio histórico que proviene de la segregación urbana”, explica el doctor Arturo Narváez Aguilera, catedrático de la Facultad de Sociología de la Universidad Veracruzana.

“No se trata de que la gente elija dónde vivir, sino de que las políticas públicas generan polos de atracción con plusvalía para quienes pueden pagarlo. Las clases con poder económico desplazan a las trabajadoras hacia las periferias”.

 

Un ejemplo cercano resulta la colonia Pastoresa en Xalapa, diseñada originalmente para trabajadores, hoy está rodeada de plazas comerciales, universidades y torres corporativas. Lo mismo ocurrió con Santa Fe en la Ciudad de México, Angelópolis en Puebla o las zonas conurbadas de Nuevo León como San Pedro Garza García. Lo que antes eran periferias, ahora son nuevos centros urbanos de alto valor inmobiliario.

 

Consecuencias en la vida cotidiana

 

El impacto va más allá del aumento en las rentas. Significa la desaparición de tienditas, vendedores ambulantes, fiestas barriales y formas de vida comunitaria que daban identidad a los vecindarios. Según Narváez Aguilera, esto erosiona los vínculos sociales y provoca una pérdida del sentido de pertenencia.

 

La actriz y creadora de contenidos Erika Franco, lo expresa de manera distinta: “Mostrarlo o contarlo también es resistir. No se trata solo de renta en dólares, sino de un proceso de racismo y xenofobia entre compatriotas. Nosotros mismos promovemos un México aspiracional, donde se privilegia hablar inglés y se sustituyen tradiciones por modas extranjeras”.

 

Este choque cultural, advierte, genera tensiones: desde extranjeros que imponen sus formas de vida, hasta mexicanos que reproducen estereotipos clasistas y raciales contra otros mexicanos.

¿Provocación o simulación?

 

Para Narváez Aguilera: “Es un poco de ambas. Simulación, porque es insostenible mantener plusvalías infladas y rentas en dólares en un país con moneda distinta. Provocación, porque refleja tensiones globales, guerras, crisis económicas, endurecimiento de políticas migratorias, que empujan a sectores privilegiados a buscar refugio en ciudades más baratas”.

El sociólogo polaco Zygmunt Bauman ya lo advertía; a medida que las ciudades crecen, las periferias terminan integrándose a las zonas céntricas. ¿Qué más quedará?, se pregunta: ¿dónde vivirán quienes no puedan pagar?, ¿será el código postal lo que defina la pertenencia?

 

Entre necesidad y comodidad

 

El fenómeno debe diferenciarse de la migración latinoamericana, marcada por la necesidad: miles de personas que cruzan fronteras para sobrevivir, dejando atrás familias y hogares. En cambio, la gentrificación responde a una migración de comodidad, impulsada por quienes llegan con ingresos fuertes a encarecer ciudades enteras.

El debate, lejos de agotarse, apenas comienza en México. Lo que está en juego no es solo el precio del suelo urbano, sino el tejido social, la identidad barrial y la posibilidad de pertenecer a la ciudad que habitamos.

Te pueden interesar